Ventana Educativa y Cultural RRG

domingo, 18 de julio de 2021

EL TÍO LUCAS

 

De: Mairo Rangel

Después de  diecinueve años sin verlo, me tocó recoger al tío Lucas la mañana de un martes sorprendente. Desde la panadería donde me ubiqué veía claramente el gigantesco y acorazado portón gris de la penitenciaría ubicada en la cuarta avenida. Esperé allí tres condenadas y extenuantes horas. Entre un cigarrillo y otro recorrí con la mirada las azoteas del recinto, y los guardias, como estatuas para recordar una guerra, se asomaban armados hasta los dientes. Mi imaginación, sin tregua, llenó mi mente de imágenes desastrosas. Con mi piel erizada de terror, pensé en el tío Lucas, en su mala suerte, si así se le podía llamar. Cómo le pudo pasar, me preguntaba. En dónde estuvo la justicia en aquel momento para él, si una mentira tan grande como el mundo pudo transformarla en culpa que, además, no era suya. Entonces han sido diecinueve años sin vivir la vida, exenta de abrazos, sin la dulzura de un beso, sin sentir el viento libre en la cara, privado de jugar, como un padre, con sus dos hijos. No solo se condenó al cuerpo, también, al alma, al espíritu, y al amor.

De pronto, cuando me disponía pedir la cuarta taza de café, el desbarajuste de las personas de la mesa de atrás, me persuadió del movimiento de guardias frente al gran portón. Llamé al mesero y pagué la cuenta. Me incorporé con apremio, caminé hacia el tumulto aguzando la vista en sus rostros. Una mujer, en un caudal de lágrimas, se echó en los brazos de un hombre calvo, flaco, de piel morena. Rezagados, hacia un pequeño estacionamiento, un niño en brazos se aferraba a una rosa roja, y la madre acariciaba con ternura la cara maltrecha de un hombre. El grupo fue dispersándose en medio de un breve barullo. Seguí apuntando y escrutando con mi mirada los rostros de la gente, y, de espaldas a mí, caminando hacia el otro lado de la calle, un hombre de aspecto senil se alejaba. No era el andar de un viejo, pero, a éste hombre, todos los años le habían caído encima. Vestía un jean raído y poncho, una franelilla amarillada, quizás de tanto solearse, y, deslucía una tupida barba.

 Esperé un instante para llamar a aquel hombre cabello ensortijado y cenizo. La duda me hizo su presa. “¿Y, si no es el tío Lucas?”, me interpelaba, conteniendo mis ansias un poco. Pero la llamada telefónica de días atrás no podía estar equivocada, la mujer al otro lado del teléfono dijo con suma formalidad: “… Lucas Antonio Rosendo López, tiene orden de excarcelación el día martes dieciséis…”. Y, hoy es martes, y es dieciséis, me dije, convencido. Mi corazón era un repique de tambor a toda velocidad intentando enmudecerme. Entonces, avancé con cierta vacilación hacia el hombre en cuestión, y cuando éste estaba a punto de cruzar la esquina, le grité ¡Tío!, ¡Tío, Lucas! Estas palabras fueron una flecha directa a los oídos del hombre, quien volteó buscando entre la gente alrededor la procedencia de aquel grito. Una sonrisa afloró espontáneamente en mi cara al ver su reacción. Allí estaba, de pie, con una exangüe sonrisa que se abría paso en la espesa barba y, debajo del brazo, una caja de cartón amarrada con las agujetas de sus zapatos.

            Mi abrazo se confundió con su abrazo luego de detallarlo de pies a cabeza. Nos olvidamos de la gente que pasaba, que lo observaban con espanto. Quizás en su mente echaron a volar todos los momentos que nos regaló la vida antes del nefasto desenlace. Sus ojos se tornaron vidriosos. Lo primero que alcancé decirle fue: “Te hice caso, tío”. Estreché su mano con mis dos manos y mis ojos parecían un dique con las lágrimas a punto de desbordarse. “Quería estar a tu lado, pero…”, terminé, recordándole, mientras caminábamos en dirección a la terminal. No hacía más que mover su cabeza de un lado a otro sin mirarme a los ojos. “Aquel no es lugar para tí”, dijo, mirando a todas partes menos a mí. Tal vez pensó encontrarse con ella, tal vez lo soñó. Pero el tío Lucas no abrigó esperanza alguna, ni se molestó en imaginar siquiera, que en mi lugar, su mujer y sus dos hijos lo esperasen detrás del gran portón. Porque su vida ya era un desierto, tierra infecunda para sentimientos. Silencioso, abstraído, y triste, miró a través de la ventanilla del bus, pensando quien sabe qué cosa. La infelicidad que estrujaba su cara no dejaba de afligirme, y nunca desapareció de su semblante.

            Deseaba adivinar lo que pasaba  por la mente del tío Lucas en aquel pequeño restaurante. Devoró como un náufrago su plato de comida. Al terminar de comer se limpió la boca con el antebrazo, hizo algunas muecas y me pidió un cigarrillo. Busqué en mis bolsillos y solo quedaba la cajetilla vacía. Me levanté presuroso, me dirigí al mostrador y pedí al vendedor una cajetilla de cigarrillos. Quité el precinto de la caja, extraje un cigarrillo y se lo ofrecí. Con los dedos temblorosos y manchados de nicotina colocó el cigarrillo en su boca, instintivamente saqué mi encendedor y le proporcioné fuego. Entonces, fumó, y lo hizo con los ojos puestos en la nada. “Ya deben ser unos hombres, verdad”, me preguntó, cuando yo regresaba de cancelar la cuenta. No le respondí porque él sabía la respuesta: Habían transcurrido diecinueve años, tres meses, dos días, y 12 horas, separado forzosamente de sus dos hijos. Cogió otra bocanada de humo de su cigarrillo, lo expulsó con fuerza, y se quedó mirándolo, como si en las volutas leyera lo que sería su vida en adelante. “Mañana iré a verlos”, me dijo, convencido de que sus hijos lo recibirían. “Les diré toda la verdad. Ellos me creerán… No fui culpable de nada”, aseveró, encendiendo un nuevo cigarrillo con el fuego del otro. Observé sus muecas sin articular una sola palabra. Entonces entendí el debate demoledor que dentro de su cabeza se estaba librando. Quizás, voces en su interior decían, “Cuéntaselos”, contra otras que tal vez advertían, “No se lo cuentes”. Sin embargo, yo, aún no soltaba prenda sobre el paradero de sus hijos, porque significaría infligirle más dolor. Por lo tanto, preferí esperar a que las aguas se calmaran y pudiera ver su nueva vida con mayor serenidad.

            Antes de conocer a la madre de sus hijos, el tío Lucas rebosaba de felicidad. Era un hombre bondadoso, un hijo predilecto, un tío, cuyos sobrinos eran más que eso, eran hijos. Su carácter y habilidad para los negocios le prometían prosperidad y fortuna. Logró con rapidez ostentar una pequeña riqueza, entonces, nunca faltaría un domingo con el tío Lucas en el circo, en el parque zoológico o, en los carruseles en cada festividad del pueblo. Aún guardo los patines de hierro que me regaló el último diciembre de su libertad. Aún tengo en mi memoria aquellas palabras: “Cuando tenga mis hijos tu vendrás conmigo”. A juzgar por esta promesa, caí en cuenta de que, al buen corazón del tío Lucas, le estaba rondando el amor.

            Conoció a su mujer una víspera de navidad. Llevó su noviazgo como todo hombre pudiente encantado con la belleza de su prometida: regalos exagerados, cenas opulentas, temporadas vacacionales en resorts de lujos. El tío Lucas poseía un talento innato para los negocios. Con la compra y venta de vehículos amasó una significativa fortuna. Y cuando vio el momento preciso dio el paso definitivo para sentar cabeza, tener una familia, tener sus hijos, y vivir felices. Los meses volaron. Y nacieron sus hijos: dos gemelas bendiciones. Por aquellos días los negocios estaban en su pico más alto. El tío Lucas un empresario vivaz y emprendedor, queriendo abrir horizontes comerciales, decide viajar fuera del estado. Dejó todo económicamente arreglado para evitarle situaciones apremiantes a su mujer y sus dos pequeños gemelos.

            Antes de partir, el tío Lucas visitó el orfanato. Entonces la felicidad en su cara parecía plena. A mis siete años podía distinguir muy bien esas emociones. Entregó, como de costumbre, la onerosa contribución a la cuidadora. Luego, sujetó mi mano, me condujo hasta la puerta, y me dijo: “La próxima vez que vuelva es para llevarte conmigo. Así que, no estés triste”. Cerró la puerta y se marchó. Fue esa la última vez que vi al tío Lucas libre, feliz, y próspero.

Por desgracia, la celada planeada por su mujer y su mejor amigo darían resultados. El vehículo  comprado fue la mula para un cargamento millonario de cocaína. En la alcabala limítrofe del estado detectaron el alijo de drogas. El tío Lucas, desconcertado, no tenía respuestas. Y para empeorar las cosas, nadie tenía información del vendedor. Esposado y sometido fue expuesto en el muro de la vergüenza. Hay signos marcados en el destino de los hombres, para bien o para mal. La buena suerte la desmarañó su confianza, “buena suerte” que le cobró con crueldad. Las palabras en los labios ya seniles de la cuidadora estuvieron cargadas de terror, desgracia e inhumanidad. El tío Lucas fue apaleado, torturado hasta la inconsciencia, me dijo. La única prueba de su inocencia fue sustraída de los archivos. Antes de marcharse apoyada en su andadera, la cuidadora dijo haber recordado que, antes de retirarse de la última visita que hiciera a la penitenciaría, el tío Lucas tenía el rostro desfigurado, y el espíritu en completa derrota. Entonces, me entregó las fotos. A los días de estar en prisión el tío Lucas recibió un sobre, lo abrió,  terminando por derrumbarse su mundo y las pocas ganas de seguir manteniendo su inocencia. Las fotos de su mujer con su mejor amigo en vil acto de infidelidad, cayeron sobre la mesa.

            Duele más el corazón cuando la confianza se convierte en el arma con que te apuñalan. “Así es hijo –dijo la cuidadora a media voz – el tío Lucas nunca quiso que tú te enteraras de su desgracia. Recuérdalo bonito. Tal como se encuentra ahora, está más muerto que vivo”. Miró a mis ojos y dos lágrimas bajaron por sus arrugadas mejillas; luego de dibujar una gran cruz en el aire con su mano, me bendijo.

A las dos semanas de dejarlo en la habitación que arrendé para él, regresé, esta vez con alimentos y algunos efectos personales. La propietaria, sin embargo, no supo dar razones del tío Lucas. Solo ocupó la habitación un día y una noche, me dijo. Salí a volandas de ese lugar e inicié la búsqueda, recorrí cada calle, cada avenida. Con sobresaltos indagué en los hospitales, temiendo lo peor. Los veintiún días de mis vacaciones los dediqué por completo a su búsqueda. Pero nadie supo darme datos de su paradero. Fui al restaurante en donde habíamos comido luego de salir de prisión. Me compré una caja de cigarrillos. De repente, se me agolpa en la cabeza la idea de preguntar al expendedor. Llegué al mostrador y pregunté dando la descripción del tío Lucas. La sorpresa infló  mi pecho luego de que un vendedor sale del lado posterior de la caja registradora e inquiere sobre, si soy yo, Carlos Expósito. Asentí con ligereza. Entonces, el hombre puso en mis manos una carta,  mientras, decía: “Esto – mostrando la carta – lo dejó la persona que usted describe y me dijo que se lo entregara a Carlos Expósito”. Con mis nervios de punta y afirmando con mi cabeza, cogí la carta. Me hice cualquier cantidad de hipótesis de cómo llegó esa carta a manos de aquel hombre y, cómo supo el tío Lucas que yo lo buscaría en ese lugar. El camino hasta la mesa se convirtió en un siglo de imaginaciones, y todas temían un desenlace fatal. Respiré hondo, saqué la silla,  y me senté a leer.

Al pie de la hoja se leía, garabateado: “El tío Lucas”. Sí, era su letra. Este es el tío Lucas, confirmándome a mí mismo. Entonces, encendí un cigarrillo, y con el corazón retumbando en mi pecho, comencé a leer: “Gracias, hijo. Porque en realidad eres el único hijo que tengo. Perdón por no cumplir mi promesa. Perdón por hacerte pasar tanto tiempo sin mí, cuando eras el único que merecías cada minuto de mi tiempo. Me lo has demostrado, lamentablemente, yo no pude demostrarte el cariño que te tengo. Ojalá nunca tengas que pasar por lo que yo pasé. Prácticamente me mataron. Lo que soy ahora no es otra cosa que un ser sin vida. La diferencia con un vulgar muerto es que no tengo mortajas, que camina sin razón y sin motivos. Mi desgracia al parecer no tendrá fin. Estoy enterado que mis hijos ya no son mis hijos. Que otro hombre puso su apellido robándome el tiempo que tenía para ellos. Ya no tengo nada, ni techo, ni cama, ni familia. Nada en donde caer muerto. Supe que se fueron del país, llevándose con ellos la pequeña fortuna que había dejado. De ahora en adelante viviré donde me coja la calle. Tenía razón aquella cuidadora del orfanato, de nada valía echarme la culpa. Pero, habiendo perdido todo, qué más podía hacer. Gracias por esperarme. Has demostrado lo buen hijo que eres. No me busques, estaré bien. La cárcel me enseñó a vivir y andar por caminos duros. Por mí no te preocupes. Te quiere, Lucas”.

Me subí al bus abstraído, con el corazón hecho un guiñapo de lo triste. Me sentí culpable de no tenderle la mano, de no encontrarlo. Cómo dar con quien no quiere ser visto, ni encontrado. Cómo ayudar a quien no desea ser ayudado. Desde la ventanilla del bus me pareció ver a lo lejos, debajo de un puente, un indigente. Se inició entonces, en mi cerebro, el desfile de imágenes del tío Lucas con las vestiduras de la desgracia.

En estos cuatro años no he dejado de mirar detalladamente cada indigente que se cruza en mi camino. Los ayudo fervorosamente, abrigando la esperanza de encontrarme por cosas de la suerte con el tío Lucas. La justicia algún día debe llegar para él. Aunque, sé, no podrá devolverle los diecinueve años, tres meses, dos días, y doce horas, que le arrebató encerrándolo en aquel infierno; mucho menos los cuatro años que se le suman de indigencia, y la vida deplorable en la cual fue sumergido. “Dejo a usted, señor fiscal, mi testimonio”, dije al funcionario que me atendió. Grabada quedó en mi memoria la línea final de aquella carta que introduje ante la Oficina de Derechos Humanos, y que recordaré hasta el último minuto de mi lucidez: “Es justicia que pido para Lucas Antonio Rosendo López, a los veinticuatro días del mes de diciembre de dos mil dieciséis”.

DIARIO DE UN MIGRANTE

 

Autor: Mairo Rangel

No sé cuántas veces miré a través de la ventana, a la calle de mi infancia esa noche antes de mi partida. Entonces había apagado la luz de mi cuarto para evitar me sorprendieran con los ojos abrumados por las lágrimas. Como la oscuridad no es la mejor aliada para esconder el llanto traté, en lo que pude, enfrentar mi cara al viejo ventilador y secar mis mejillas.

Cada vistazo a cualquier parte del cuarto desencadenaba un montón de recuerdos, y cuando fijaba la mirada sobre las maletas, volvía a repasar, con lista en mano, todo cuanto había empacado: operación que repetí unas diez veces, o siempre que regresé a la cama intentando conciliar el sueño. El viento afuera parecía herir con su paso a los árboles, que gritaban, dejando escapar de sus hojas estremecidas un sonido que parecía más de tristeza que de dolor.

Regresé a la ventana, y detrás del cristal, un cuadrito de cielo se despejaba a pedazos, ofreciendo a la luna un camino de estrellas que terminaban en el albor de la madrugada. Sin poder evitarlo, la bendita noche se instaló en mis ojos y el insomnio y la nostalgia conspiraron para no dejarme dormir. Sabía de sobra lo que significaba aquel viaje indefectible para mí, sobre todo, por la ausencia, en adelante, de una serie de actos ceremoniosos y domésticos, cuyas magnificencias convertían la vida sencilla que llevaba en la de un ser inmensamente feliz, apenas, con lo poco que tenía.

Entonces, dejaría de tener en cada mañana la cocina bulliciosa, los trastos ruidosos en el fregadero luego de la hora del café, la delicada voz de mi madre farfullando de cólera por mi dejadez en la cama, la estentórea tos mañanera de la abuela con escupitajos ensordecedores, y el ronroneo del gato buscando su comida debajo de la mesita del ventilador. Era un hecho irrefutable que mi vida debía prepararse para lo desconocido, para trabajar con dureza, levantarme muy temprano, y dejar atrás el sol de las diez debajo de unas sabanas sudadas.

Aunque en mi mente tenía la convicción de la decisión tomada, mi corazón se oponía, rotundamente, a decir adiós. Así pasaron contantes nubes tras nubes y, yo, frente a la ventana, mirando la nada estrellada, deseando que el tiempo se congelara. Pero ¿Cómo detener la rotación de la tierra? Así pues, la luz con el poder del amanecer, barrió las sombras de esa noche y en cada rincón comenzó a florecer la claridad.

Tras horas de insomnio un corazón estropeado por la tristeza se disp0nía a enfrentar solemnemente aquel nuevo e inolvidable día:

-       “Quizás sea ésta la última vez que veas cómo nace el verdor de las montañas aquí en tu tierra, hijo” - dijo mi madre, serenamente, a mis espaldas. – “No querrás perderte nada ésta mañana ¿Verdad?” – terminó de decir, mi madre, encendiendo la luz, y mirándome con unos ojos, por los cuales, parecía desbordarse el mismo mar.

Mientras sus ojos a media asta recogían, entre suspiros, cada maleta, cada detalle de la ropa que cargaba puesta, y sus dedos confirmaban la firmeza del cuello y los botones de mi camisa, abría mis brazos para echarme en su pecho y llorar como un niño.

Las líneas ya definidas del macizo legendario, al Sur, anunciaban la llegada del día. Mientras mirábamos juntos las casas de enfrente, recosté mi cabeza a la de mi madre,  y dejamos que el silencio por un instante consumiera nuestras narices mojadas. Me enlazó con su brazo, y con su mano despeinó mi cabello tiernamente. Más allá de los cristales, el humo de los fogones de aquellas casas cuyas formas adobadas aún conservo intactas en mi memoria, se alzaba como rizos por el aire hasta confundirse con las nubes. Hasta las trémulas cuerdas del alumbrado sostenían tiñas que formaban un compás de melodías quizás de despedida.

Sí. Fue una noche de pensamientos largos. Como si mi alma se estuviera despidiendo, sentí mis pasos silenciosos recorrer cada habitación, e imaginé la cara de insomnio y melancolía de mi afligida madre. La garganta me dolía a reventar de tanto contener el llanto porque, en cuestión de minutos, estaría mirando a través de la ventanilla del bus, en un celaje interminable, los alegres colores de mi pueblo. Me traje, sin duda, de aquel fértil y apartado valle, una maleta llena de recuerdos, y en el pecho, un rio de lágrimas a punto de desbordarse.

“Adiós, Chivacoa” – dije, al cruzar hacia la autopista. Tal vez fueron aquellas las últimas palabras que dedicaría a mi pueblo. Entonces, saqué la cabeza por la ventanilla del bus y grité como un desaforado varias veces: “¡Mamá, te quiero!” “¡Te amo, mamá!”. Me incorporé en la butaca, me recosté con la respiración trancada por las lágrimas atoradas en mis narices, y lloré largamente hasta quedarme dormido con la imagen de mi hermosa madre bendiciéndome en mi mente; aún, cumpliéndose hoy tres años de aquel día, el sopor de nostalgia y melancolía, arrebatan la paz de mis sentimientos y una vez más apago la luz para llorar como un niño. “Te amo, madre, qué falta me haces”.

domingo, 13 de diciembre de 2020

Lenguas Indígenas de Venezuela

Es de suponerse que para la fecha de esta publicación algunos datos demográficos deben haber cambiado. Lo que nunca cambiará es que: El Esequibo es y será siempre de Venezuela.

Fuente: El Esequibo Es Nuestro (Blog de Carlos Oropeza)


Por Fray Cesáreo de Armellada

Revista SIC

19 de marzo de 1969

 

"Al lado de un simple diccionario enmudecen las mas bellas creaciones artísticas de un pueblo. Y el concepto de seres infrahumanos que muchos tienen de los pueblos primitivos desaparece como una nube barrida por el ciclón con solo hojear el catalogo de sus miles de palabras, símbolos maravillosos de las ideas y de los sentimientos humanos."

 

(Emaseusén Tuaré: Prologo al "Idioma Guarao" del Padre A. Vaquero, 1965).

 

"A las lenguas americanas acontecioles lo mismo que a las razas indígenas: motejadas todas en conjunto de salvajes, toscas, incultas y barbaras, tildados de tener poca extensión, carecer de vocablos para expresar ideas y pasiones, apenas tuvieron otros amigos que los misioneros."

 

(Humboldt, Viaje..., t. II, Caracas, 1941, pag. 115-214)

 

Felizmente la conciencias nacional comienza a despertarse. Y aquí si podemos decir que "nunca es tarde si la dicha es buena"  y que aun no es tarde porque, también muy felizmente, aun son muchas las lenguas vivas indígenas; y por que hoy contamos con magníficos medios para hacer los respectivos estudios con facilidad y con perfección. 

 

Esta información que le estoy dando a ustedes, lectores de la revista SIC, me fue pedida precisamente por motivo de una exposición que bajo el rubro de "Lenguas indígenas actualmente habladas en Venezuela" abrimos en la Universidad Católica (Jesuitas a Mijares) y que luego se traslado a los nuevos locales de la misma en La Vega-Montalbán. Tan grande fue el impacto de un simple mapa, de la lista de tribus y de unas ´pocas muestras de lo que sobre ellas se ha escrito solamente desde el angulo lingüístico, que casi todos los visitantes estaban como el que despierta de un sueño. O como si, llevados llevados de la mano de un hada, hubieran penetrado en "el país de las maravillas"

 

Hoy por hoy, las conclusiones a que hemos llegado (y creemos que las rectificaciones en mas o en menos no han de ser muchas) se las podamos dar resumidas en la lista que acompañó al mapa en la exposición ya dicha.

 

Día a día y año tras año se ha ido aclarando en Venezuela, por obra de unos pocos estudiosos, y se ha ido divulgando,por obra de otros pocos propagandistas, el conocimiento y la valoración de las lenguas indígenas que aun se están hablando en Venezuela.

 

En la Universidad Católica Andrés Bello las lenguas indígenas quisieron entrar por la puerta grande y con el nombre solemne de Instituto Venezolano de Lenguas Indígenas (IVLI); pero hubieron de contentarse con entrar en la puerta pequeña, una sección del "Instituto de Investigaciones Históricas" y como "Semanario" de libre elección en la Escuela de Letras.

 

Con todo, mucho es que ya estén dentro de la Universidad. Y con dos vertientes: 1. Lenguas desaparecidas, Lenguas muertas, de las cuales hay que recoger información dispersa y a veces inédita, todavía meramente manuscrita y que duerme en los archivos para ponerla a circular. 2 Lenguas habladas y que debemos apresurarnos a recoger y a estudiar en sus tres niveles: diccionario, gramática y creaciones literarias.

 

Conscientes de la magnitud y de la importancia de estos estudios, no solamente estamos trabajando en la Universidad Católica, sino que también nos hemos ofrecido a los Centros de Enseñanza Media y a las Universidades para crear en los mismos curiosidad e interés con estos estudios que superan las capacidades de un pequeño grupo y que debe ser tarea nacional propiciada por las Universidades, el INCIBA e instituciones de altas miras culturales.

 

¿Que no dieran en Europa por encontrar grupos de hablantes de las lenguas prerrománicas o prehelénicas?

 

Nuestro ofrecimiento, acogido por la Universidad del Zulia y en la de Mérida, produjo gran admiración y entusiasmo. esta ultima va a publicar dos libros en texto bilingue de la literatura del Pueblo Pemón. La Universidad de Oriente tiene la obligación especial de adherirse a esta campaña nacional, ya que el 90% de las lenguas actualmente habladas en Venezuela esta situadas en aquella zona; y lo mismo hay que afirmar de los estudios antiguos de las lenguas ya desaparecidas, la casi totalidad se refieren  a las lenguas situadas en el Centro y Oriente.

 

Podemos hacer que los juicios de Humboldt, que hasta lo presente son bastantes ciertos, vengan a ser equivocados de ahora en adelante. No de solo pan vive el hombre y nosotros no debemos considerar riqueza nacional solamente el petroleo, el hierro, el oro, los diamantes, el uranio, el manganeso y cosas semejantes. Las creaciones del espíritu son una riqueza superior; y las lenguas son las máximas creaciones del espíritu humano.

 

No pensemos ni digamos nunca: ¡Que rémora tan grande para la unidad nacional tanta variedad de lenguas! Digamos y pensemos mas bien: ¡Que riqueza tan valiosa tenemos en la variedad de lenguas para sumar a la cultura y a la lengua nacional mayoritaria! Con San Jerónimo, el políglota, podemos prometernos que: "de la amarga semilla las lenguas cosechadas dulces frutos", como desde muchos años ha los empezaron a recoger quienes estudiaron con amor algunas de las lenguas indígenas de Venezuela.

 

LENGUAS INDÍGENAS HABLADAS ACTUALMENTE EN VENEZUELA

 

NACIÓN                                                HABITANTES                  REGIÓN

 

1. Kariña.....................................................2.776..............Estados Anzoategui y Bolívar

2. Warao...................................................15.000.............Territorio Delta Amacuro, Estados Sucre y Monagas y Guayana Esequiba.

 

3.Arawak..................................................(?).....................Territorio Delta Amacuro y Guayana Esequiba

 

4.Akawaio..................................................(?).....................Estado Bolívar y Guayana Esequiba

5.Pemón.....................................................6.000................Estado Bolívar

6.Sapé.......................................................150....................Estado Bolívar

7.Arutaní...................................................100..................Estado Bolívar

8.Waika.....................................................5.000................Estado Bolívar y Territorio Amazonas

9.Makiritare..............................................4.970...............Estado Bolívar y Territorio Amazonas

10.Panare.................................................1.117................Estado Bolívar

11.Guarekena..........................................367.................Territorio Amazonas

12.Puinabe...............................................240.................Territorio Amazonas

13.Piaroa...................................................1.736..............Territorio Amazonas

14.Baré......................................................238.................Territorio Amazonas

15.Baniba.................................................99...................Territorio Amazonas

16.Piapoco..............................................212.................Territorio Amazonas

17.Kurripaco...........................................64...................Territorio Amazonas

18.Yabarana............................................200.................Territorio Amazonas

19.Mapoyo..............................................(?)...................Territorio Amazonas

20.Tunebo...............................................407..................Estado Barinas

21. Yaruro................................................1.427.............Estado Apure y Terrritorio Amazonas

22. Wahibo..............................................5.397..............Estado Apure y Territorio Amazonas

23. Guajiro..............................................45.000.............Estado Zulia

24. Paraujano.........................................4.360...............Estado Zulia

25. Japrería.............................................80....................Estado Zulia

26. Yupa..................................................2.057..............Estado Zulia

27. Motilón o Barí..................................800..................Estado Zulia

28. Galibí..................................................(?)...................Guayana Esequiba

29.Patamona..........................................(?)....................Guayana Esequiba

30. Wapichana.......................................(?)....................Guayana Esequiba

31.Waiwai...............................................(?)....................Guayana Esequiba

32. Macuchi............................................(?)....................Guayana Esequiba

El Esequibo es y será de Venezuela

 Tomado del Blog El Esequibo es Nuestro. Publicado por Carlos Oropeza



sábado, 12 de diciembre de 2020

Festival de Música Urbana

Una explosión de talento juvenil estará sacudiendo al municipipo Bruzual, especificamente, a la ciudad de Chivacoa, del estado Yaracuy, este 19 de diciembre de 2020. Más de una docena de jóvenes estarán interpretando temas musicales, inéditos y conocidos, optando por el galardón en el 1er Festival Zona Avtiva 2020.

La juventud activa y de mucho talento

La producción del evento está a cargo de José Ramón Velásquez, joven talentoso y productor de radio. Cabe señalar que, los programas de alta audiencia en el estado Yaracuy, como lo son, Gente Activa y Zona Libre, además de la planta radial Jirajara 97.7 FM, y el Liceo Turno Integral Dr. Raúl Ramos Giménez, ubicados en Chivacoa estado Yaracuy, patrocinan este importante evento musical. El locutor y animador Edgar López será el encargado de la animación del festival y arrancar las ovaciones en cada una de las presentaciones al público presente.

Edgar López y José Ramón Velásquez, animador y productor del evento

Los participantes contaron con una serie de talleres sobre movimientos en escena, oratoria, voz cantada y voz hablada, y orientaciones musicales necesarias para la exploración y desarrollo de las cualidades y talentos. Dirigidos tanto, por los jovenes locutores José Ramón Velásquez, y edgar López, como, por la reconocida profesora y maestra de las artes danzarias, Johana Rojas, y el músico de amplia trayectoria, profesor Mairo Rangel.

Profesor Mairo Rangel en taller de canto


Talento juvenil yaracuyano



jueves, 10 de diciembre de 2020

Educando desde lo común

 Muestras de estudiantes del Liceo Turno Integral Dr. Raúl Ramos Giménez, de la ciudad de Chivacoa, del estado Yaracuy. Destacando al cantautor y precursor de la Canción Necesaria, Alí Primera. Además del reconocimiento por parte de los estudiantes de la gastronomía típica de la época decembrina.venezolana.

Educando desde lo común, desde el hogar.

Estudiantes del 1er año sección "D"

Tutora: Profesora Ayarit Cáceres